Los dominicanos los conocemos muy bien. La mayoría proviene de la pequeña burguesía baja o muy baja, como diría el profesor Juan Bosch. Añoran el yaniqueque con mabí y el friquitaqui de sus años mozos, pero no quieren que se sepa su procedencia. Creo que los sociólogos lo llamarían un desclasado, un renegado pero vamos por parte. No voy a definir lo que es un mañoso, porque sería burlarme de la inteligencia del lector, maña fuera. Pero sí creo pertinente antes de continuar definir dos términos (escúshenme de nuevo).

Empecemos por gourmet. Este vocablo proviene del francés y significa, entre otras cosas, “persona que es aficionada a comer bien y que aprecia y disfruta la buena comida y conoce los buenos restaurantes” y ya que nos fuimos a Francia, demos un saltito y pasemos por Alemania, donde encontraremos el origen de la palabra lumpen (andrajoso, desclasado), que proviene de lumpen proletario, término que se usaba para definir a la población situada socialmente al margen o debajo del proletariado, con carencia de conciencia de clase. Individuos que no aportan a la sociedad, “que fácilmente son manipuladas por la élite que quiere manejar y proteger sus intereses”.

Por último tenemos al pequebú (pequeño burgués). En cuanto a este espécimen no tengo nada en contra y lo tengo todo, porque soy uno de ellos. Nada peor ni mejor que este, “a según” para donde coja, donde la puerca tuerce el rabo es cuando este último camaján pretende negarse a sí mismo, olvida sus orígenes humildes y trata, por cualquier medio, alejarse velozmente de su antepasado alemán, el lumpen, o bien del obrero o campesino que fue en su momento, es decir, el “hijo de machepa” que fue su padre y que él mismo ha sido.

Y es aquí donde viene el síndrome kafkiano. Consciente o inconscientemente, este ser detesta todo lo que le huela a pobre (aporofobia), no quiere nada que le recuerde su pasado miserable, deja de ir al barrio y cuando va es para “echar vaina” a sus amigos de juventud, incluso a sus familiares, la mayoría aún sumidos en la miseria y la marginalidad. En su afán por querer ser el que no es, aprende a tomar buenos vinos y ricos platos. Poco a poco se va transformando en un “tipo bien”, en un señor gourmet. No hay nada malo en ascender socialmente, eso es lo deseable, si se hace en base a estudios y sacrificios. También se vale “refinar” un chin el gusto, pero resulta que un salario, por bueno que sea tiene un límite; no da para derrochar y consumir sin límites, y compartir frecuentemente “de ahí ahí” con los de arriba.

Y codearse no sería nada malo si eso no conllevara también tener que pagar la cuenta de vez en cuando.
En cualquier otra parte eso hubiera sido un problema pero aquí, los otrora lumpen proletarios, pequebú o hijos de machepa que llegaron a succionar la ubre estatal aprendieron rápidamente que se podía en los finos restaurantes donde ahora eran “habitué” aceptaban las tarjetas de crédito de la institución para la cual trabajaban. Y si antes se caracterizaba por su austeridad y su sencillez, pronto se convirtió en un don y se creyó un Casanova, un “bon vivant”. Y fue así como se convirtió en un mañoso pero resulta que nuestro amigo mañoso gourmet olvidó que todo tiene su tiempo y que no vivía en el país de Alicia y sus maravillas; y ahora llora y jura que es un hombre honesto, pero ya nadie le cree