El pensamiento mítico no niega ni prima sobre las explicaciones científicas, pero al igual que la metáfora, describe con precisión y profundidad lo que una parte de la ciencia intenta con racionalidad. Aunque la descripción científica despliegue sus argumentos lógicos y racionales, el mito constituye una valoración siempre presente de la realidad.

“Una nación está integrada por seres que existen y por seres que no existen porque ya murieron, o porque no han nacido”. Afirmaba Edmund Burke, quien concebía la existencia de las naciones como entidades simbólicas y orgánicas vivas, donde “Los muertos (también) nos gobiernan…”, y con ellos, todas las generaciones precedentes que asumieron sus responsabilidades, en diferentes formas y circunstancias.

La integridad y continuidad histórica de una nación depende de ese compromiso intergeneracional.

Los humanos somos seres históricos siempre buscamos en el pasado las claves para entender el presente y proyectar el porvenir como persona, familia y nación. “Las personas que nunca se preocupan por sus antepasados, jamás miraran hacia la posteridad” … decía Burke. Por eso son tan poderosos los mitos referenciales que van hilvanando los pueblos en su devenir como nación.

La fuerza de los mitos se anida en el espíritu humano, desde un punto de vista antropológico “lo que realmente importa en la narración del mito es su función social… comporta, expresa, y fortalece el hecho fundamental de la unidad local y del parentesco del grupo… colabora de una manera importante a la cohesión y el patriotismo local… genera un sentimiento de unión … integra y fusiona la tradición histórica, principios legales y las distintas costumbres…”.

El pensamiento mítico no niega ni prima sobre las explicaciones científicas, pero al igual que la metáfora, describe con precisión y profundidad lo que una parte de la ciencia intenta con racionalidad. Aunque la descripción científica despliegue sus argumentos lógicos y racionales, el mito constituye una valoración siempre presente de la realidad.

El poder del mito no es lógico, es analógico. No es newtoniano, es cuántico. No es cartesiano, es holístico.

Conocí a Johnny Ventura hace unos 15 años. Nos abrió las puertas de su casa, porque se interesó en la Fundación Los Seres Sol, Inc. y nuestro trabajo de formar jóvenes de escasos recursos económicos de nuestros barrios marginados en liderazgo de paz, valores humanos, autoestima, formación y desarrollo humano. Él se veía en esos jóvenes. Su vida daba testimonio de que es posible desatar la verdadera grandeza: la interior. La que viene del alma. Y desde dentro alcanzar los sueños de afuera.

Nuestra generación creció con Johnny Ventura. Desde niño lo vimos, lo bailamos, nos enamoramos y nos abrazamos. Desde el primer encuentro hasta el último suspiro. Desde la primera novia hasta el último abrazo. Desde el primer beso hasta el último adiós. Desde el primer trago hasta el último que nunca recordamos.

Todos lo bailamos y todos lo lloramos. Todos lo admiramos y todos lo sentimos.

La despedida que este pueblo le dio a Johnny Ventura fue apoteósica. Espontánea. Devocional. Natural. Para nuestro pueblo no solo murió un líder de su cultura, de su arte, de sus luchas, sino un icono de lo dominicano. De lo criollo. De lo nuestro.

Mientras se enterraba el hombre, nacía el mito. Un mito de dominicanidad. Un mito del merengue. Un mito criollo. Un mito que nos hace más y mejores dominicanos, un mito que nos hace más y mejores seres humanos. Hoy nuestra República Dominicana es más grande como nación, como cultura, como arte, como democracia porque, así como tenemos los mitos republicanos fundacionales de nuestros trinitarios, tenemos un nuevo héroe cultural, un mito que cohesiona nuestra dominicanidad: Johnny Ventura