Brasil más allá de Lula y Bolsonaro

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La primera vuelta de las elecciones presidenciales brasileñas dejó un resultado inesperado: Flávio Bolsonaro obtuvo 47,03% de los votos válidos y Luiz Inácio Lula da Silva 45,16%. La diferencia fue de apenas 1,87 puntos porcentuales. Ninguno alcanzó la mayoría necesaria y ambos volverán a enfrentarse el 25 de octubre.

Pero reducir lo ocurrido a una competencia entre dos nombres sería quedarse en la superficie. Ellos son apenas la consecuencia que vemos en los titulares en este momento, provocada por una prolongada y compleja dinámica de los reacomodos del poder brasileño en la última década.

Brasil es la mayor economía de América Latina y una de sus democracias más importantes. Lo que ocurra allí tendrá consecuencias que van mucho más allá de sus fronteras. Por eso, esta elección no se trata solamente de quién ocupará el Palacio de Planalto, sino de la capacidad de una sociedad profundamente polarizada para resolver sus diferencias dentro de las reglas democráticas.

Hay una idea elemental que conviene recordar: votar es solo una parte de la democracia. La otra consiste en aceptar que el resultado puede no ser el que uno desea.

Brasil ha construido, desde el fin de la dictadura militar, instituciones capaces de organizar elecciones competitivas y transferencias de poder. Pero la polarización de los últimos años ha puesto esas instituciones bajo una presión considerable.

En 2022, después de que Lula derrotara a Jair Bolsonaro, seguidores del entonces presidente bloquearon carreteras y se concentraron frente a instalaciones militares. El 8 de enero de 2023, grupos de sus partidarios atacaron las sedes del Congreso, el Palacio de Planalto y el Supremo Tribunal Federal.

El episodio dejó una lección que sigue vigente: cuando una derrota electoral se convierte en una razón para desconocer las instituciones, la democracia deja de ser un mecanismo para resolver diferencias y se convierte en un campo de confrontación.

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