Sobre la felicitación presidencial a Santiago Matías (“Alofoke”)

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Tomar decisiones define a un líder. Que el presidente Luis Abinader haya dedicado tiempo a llamar personalmente para felicitar a Santiago Matías, conocido como “Alofoke”, por el éxito de su reality show, constituye, a mi juicio, una decisión totalmente desafortunada.
No es un secreto para nadie que, en la actualidad, Santiago Matías es la figura más prominente de la vulgaridad, la agresividad verbal y el irrespeto sistemático en los medios de comunicación dominicanos.
Y esto no es ensañamiento ni una opinión aislada: basta con revisar su contenido para constatar que la grosería, la descalificación personal y la falta de decoro son la marca registrada de su propuesta comunicacional.
Al extenderle una felicitación pública y personal, el Presidente de nuestro país, no solo reconoce un éxito comercial —que nadie niega—, sino que, quiérase o no, valida un modelo de comunicación basado en la estridencia, la ofensa y la degradación del lenguaje.
Se envía el mensaje implícito de que ese camino es aceptable, incluso digno de reconocimiento desde la más alta magistratura del país.
No se trata de cuestionar la popularidad de Alofoke —que es innegable—, sino de recordar que popularidad no es sinónimo de dignidad, ni audiencia masiva equivale a aporte positivo a la sociedad.
Confundir una cosa con la otra es un error grave, sobre todo cuando quien lo comete es la primera autoridad del Estado y eso también aplica a todos los funcionarios, que no se pierden una, que se pasan de contentos, buscando cámaras al lado de los famosos aunque se quemen en el fuego.
No creo que la estrategia de ofrecer pan y circo, al estilo de la antigua Romana, funcionara a la puerta del 2026.
En mi nota anterior señalé que el auge descontrolado de la vulgaridad en los medios dominicanos tiene su raíz, en gran medida, en la permisividad y hasta complicidad de quienes han ocupado el poder en las últimas décadas.
La llamada del presidente Abinader a Santiago Matías no hace más que confirmar esa tesis. Lejos de marcar un límite, el mandatario cruzó una línea que muchos esperábamos que permaneciera intacta.
No celebramos la censura, pero sí exigimos responsabilidad. Un país que aspira a ser mejor no puede seguir premiando —ni siquiera con un gesto simbólico— a quienes han hecho de la bajeza su principal herramienta de ascenso.
El Presidente metió los dos pies en un mismo zapato. Y aunque algunos prefieran callar por conveniencia o miedo a la jauría digital, quienes aún creemos que la dignidad nacional vale más que un rating, teníamos el deber de decirlo.
Leonel Peña

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